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"Padre, perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden."


1. El jubileo y la petición de reconciliación

Dios nos creó de manera maravillosa y nos redimió de forma aún más maravillosa. El Padre, rico en misericordia, decidió manifestarnos y derramar sobre nosotros la plenitud de Su amistad con los hombres, a través del amor redentor de Cristo. Cada vez que pedimos al Padre: "Perdona nuestras ofensas", se renueva esa obra de misericordia en nuestras almas. Este es el tema del año 2000, año del Jubileo, y también de nuestra siguiente meditación sobre la quinta petición del Padre Nuestro.

Como niños, nos dirigimos con simplicidad y llenos de confianza al Padre y pedimos Su perdón como un don puramente gratuito de Su amor paterno, "porque es eterno Su amor" (estribillo del Salmo 136). No nos atrevamos a restablecer la amorosa comunión con Él basados en nuestros propios esfuerzos. Una relación de confianza con Dios no puede ser merecida; sólo puede ser recibida como un puro regalo, pues si la misericordia pudiese ser merecida, no sería ya más misericordia [gracia] (cfr. Rom 11, 6).

2. La armonía en el Padre Nuestro

En la última petición del Padre Nuestro se menciona que el Maligno sea apartado de nuestras vidas. El mal primero y más inmediato es el pecado. La esencia del pecado consiste en el rechazo de la voluntad de Dios. Todo pecado constituye una falta en contra de la voluntad de Dios; y cometer un pecado grave significa, además, que el pecador rechaza conscientemente el orden de la voluntad divina. Así, frente a la quinta petición, donde se implora el perdón, se encuentra la tercera petición: "¡Hágase Tu voluntad!".

El segundo mal, del cual pedimos ser apartados en la sexta petición, es la tentación, la seducción del Maligno. La tentación amenaza con alejarnos del Reino de Dios, cuya venida imploramos en la segunda petición. Y el último mal, del cual pedimos ser librados en la séptima petición, es el del sometimiento al Maligno, cuya maldad y odio constituyen la contraparte de la santidad de Dios, santidad de la cual pedimos participar cuando rezamos la primera petición. En el centro está Cristo, nuestro Mediador y Sumo Sacerdote en el Santísimo Sacramento, "nuestro Pan de cada día", y a través del cual recibimos todo don bueno del Padre. Tomás de Aquino expresó esto de una manera muy hermosa:

"¡Oh sagrado convite, en que se recibe al mismo Cristo; (cuarta petición: nuestro Pan de cada día)
se renueva la memoria de Su Pasión; (tercera petición: cumplimiento de la voluntad de Dios,
sexta petición: perdón de nuestros pecados)
el alma se llena de gracia (segunda petición: la venida del Reino,
sexta petición: victoria sobre la tentación)
y nos es dada una prenda de la gloria futura!" (primera petición: participación definitiva de la santidad de Dios, séptima petición: que seamos liberados del Maligno).

3. Una oración con un inconveniente

La petición mediante la cual se implora el perdón se destaca entre las otras peticiones del Padre Nuestro, por cuanto que está ligada a una condición: "Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden." Además, es este el único punto sobre el cual volvió el Señor cuando enseñó a Sus discípulos el Padre Nuestro: "pues si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mt 6,14-15).

El Padre Nuestro -así se afirma, y no sin seriedad- es una oración "peligrosa". Se corre el peligro de no recibir ningún perdón, puesto que uno mismo no ha perdonado de corazón. Surge, entonces, la pregunta: ¿por qué habría de exigir nuestro Padre celestial que, según parece, seamos nosotros los que demos el primer paso y perdonemos a nuestro prójimo, a fin de alcanzar Su perdón? Estaríamos inclinados a implorar en voz alta: "Perdónanos, para que podamos perdonar a nuestro prójimo". El texto griego, sin embargo, es todavía más claro: "Perdónanos..., como  h e m o s  perdonado a los que nos ofenden". La cuestión es aclarar por qué esto debe ser así; por qué ni siquiera Dios puede dispensarnos de cumplir esa condición.

Ante todo, tengamos firmemente en cuenta que esta condición es en serio. Ya en el Antiguo Testamento encontramos esta doctrina. En el libro del Eclesiástico, por ejemplo, se halla la siguiente amonestación: "Perdona a tu prójimo el agravio, y, en cuanto lo pidas, te serán perdonados tus pecados. Hombre que a hombre guarda ira, ¿cómo del Señor espera curación? De un hombre como él piedad no tiene, ¿y pide perdón por sus propios pecados?" (Si 28,2-4).

En el Nuevo Testamento el Señor expone muchas veces esta doctrina. En las Bienaventuranzas, por ejemplo, dice: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5,7). Y en otro pasaje dice: "perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: una medida buena, apretada, remecida, rebosante. Porque con la medida con que midáis se os medirá" (Lc 6,37-38; Mt 7,1 ss).

Es tan difícil perdonar a quienes nos han ofendido y han ofendido gravemente a los que amamos, que el Señor menciona esto como una de las señales seguras de Sus discípulos: "Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial... Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos?... Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial" (Mt 5,43 ss).

"La oración cristiana llega hasta el perdón de los enemigos (cfr. Mt 5,43-44). Transfigura al discípulo configurándolo con su Maestro. El perdón es cumbre de la oración cristiana; el don de la oración no puede recibirse más que con un corazón acorde con la compasión divina" (CIC 2844).

4. El perdón de los pecados

a. El golpe mortal del pecado

A fin de comprender qué significa obtener perdón y perdonar uno mismo, debemos comprender el pecado y los daños que éste ocasiona. El pecado no suscita sólo sentimientos duros o amargos; el pecado no sólo hiere e injuria injustamente: él asesta un golpe mortal al amor. Un pecado grave destruye el fundamento de la amistad y la comunión con Dios y con el prójimo; trae la muerte al alma. Un pecado grave constituye un radical egoísmo. Mediante el amor estimamos a Dios como nuestro máximo bien y al prójimo como a nosotros mismos. Quien peca gravemente expulsa a Dios del jardín de su alma, pisotea su condición de hijo de Dios, pierde su derecho al cielo y se hace reo de la condenación eterna.

b. La hora de la cordura

Algún día llega la hora de la gracia. Quiera Dios que el pecador, sufriendo por la necesidad y el hambre, recapacite como el hijo pródigo. Entonces comprenderá que toda su miseria proviene del desprecio que ha mostrado al amor de su Padre.

¿Qué ha de hacer ahora para recuperar la vida y la benevolencia de su Padre? Cuando el hijo pródigo recordó la inefable bondad de su padre, se dijo: "Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros" (Lc 15,18). El se levantó y fue adonde su padre. Estando todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, salió a su encuentro, se echó a su cuello y le besó. El hijo le pidió perdón al padre y reconoció su indignidad. Antes, incluso, de que pudiera pedirle que lo aceptara para trabajar como uno de sus jornaleros, el padre lo trató como su hijo amado que era; llamó a sus siervos, le hizo poner la mejor vestidura, un anillo en el dedo, sandalias en los pies y mandó celebrar una fiesta, pues su hijo estaba muerto y había vuelto a la vida, estaba perdido y había sido hallado. El hijo sintió perfecto dolor (arrepentimiento) por sus pecados y mostró la firme intención de reparar su falta, al expresar que deseaba servir humildemente a su padre.

c. La esencia del arrepentimiento

¿Cuándo es perfecto el dolor por el pecado cometido? El Señor se lo explicó a Santa Catalina de Siena, así: "¿No sabes, hija amada, que todos los sufrimientos que soporta o puede soportar el alma en esta vida no alcanzan a compensar una única y pequeña culpa? Una falta contra Mí, el infinito Bien, reclama una satisfacción infinita... Con todo, el verdadero arrepentimiento sirve de reparación por los pecados y sus penas, no en virtud de un infinito sufrimiento que tú puedas soportar, sino en virtud de tu infinito deseo. Pues Dios, que es infinito, reclama infinito amor e infinita contrición.

El dolor infinito, que Dios quiere, es doble: por una parte, el dolor del alma por los propios pecados que ha cometido contra Mí, su Creador; por otra parte, el dolor por los pecados que ve cometer a otros contra Mí. Pues aquellos que sienten tal dolor, tienen un deseo infinito y están unidos a Mí con amorosa devoción (por eso se afligen cuando pecan o ven pecar a otros). Todo sufrimiento que soporten, sea espiritual o corporal, y viniere de donde viniere, tiene un valor infinito y sirve como reparación por la falta que merecía un castigo infinito. En verdad, estas son obras finitas en tiempo finito; pero como soportaron sus sufrimientos virtuosamente, con infinito anhelo y arrepentimiento, e infinito desprecio del pecado, su dolor será considerado digno" (Diálogos: La Divina Providencia).

La esencia del perfecto arrepentimiento, a diferencia del imperfecto, consiste en un anhelo infinito de Dios. El arrepentimiento hace parte indiscutible de la esperanza, que es, a su vez, una particular forma del amor que debería conducirnos hacia el amor al prójimo y hacia la perfecta bienaventuranza. Santa Gemma Galgani exclamaba: "He hallado el fuego que destruye todo pecado; he hallado el ardor que consume toda tibieza; he hallado la llama que aniquila todas mis pasiones". E imploraba: "Que venga una sola llama a mi corazón, para quemar mis pecados... Oh Ángeles, Ángeles, nada puedo... Bendecid vosotros, por mí, el amor de Jesús. Ecce, Jesús, me entrego a Tu santo amor" (Éxtasis, 83).

d. La contrición se extiende a todos los pecados

Puesto que la contrición perfecta brota de la gracia del conocimiento de que Dios es infinitamente bueno y merece todo mi amor, deberíamos, entonces, sentir dolor no sólo de nuestros propios pecados, sino también de los pecados que otros cometen, pues también ofenden a Dios con ellos. Santa Gemma Galgani escribió: "Por la luz que Él se digno concederme, alcancé el conocimiento de mi bajeza. Y mientras lloro sobre mis propios e innumerables pecados, tanto más grande es el dolor al pensar en todas las maldades y los muchos actos de ingratitud que cometen diariamente las criaturas contra Dios." (Carta al P. Germano, 76).

e. ¿Cuándo es perfecto mi arrepentimiento?

Esta comprensión del arrepentimiento constituye un buen parámetro para poder reconocer si nuestro arrepentimiento es perfecto o imperfecto. Cuando son sólo mis pecados los que me causan dolor, sabré que mi arrepentimiento es imperfecto, pues mi motivación estará determinada por el temor al infierno o por la posible pérdida del cielo. Pero si con el Señor comienzo a sentir dolor y compasión por todos los pecados de la humanidad, mediante los cuales es ofendido, entonces mi arrepentimiento será perfecto. Es claro que hay diversos grados de perfecto arrepentimiento. Normalmente éste comienza cuando sentimos dolor por los pecados de aquellos a quienes amamos; por ejemplo, cuando los padres sufren por los pecados que cometen sus hijos. Si algún día, en un momento de gracia particular, nos invade el profundo conocimiento de que todos los hombres han sido llamados a ser hijos de Dios, comenzaremos a sufrir con Él, por las muchas almas que se pierden a causa de sus pecados y por las tantas ofensas que se cometen contra Su amoroso corazón.

f. Lo que el pecado dispersa, es reunido por el arrepentimiento

Recordemos que cuando oramos lo hacemos en plural: "Padre Nuestro, perdona  n u e s t r a s  ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Así pues, si oramos sinceramente a Dios para que "nos" perdone "nuestras" ofensas, no podremos negar tampoco ese perdón a nuestro prójimo, que es uno de "nosotros". Si sentimos verdadero dolor por los pecados del prójimo, entonces también querremos que se reconcilie con Dios. Y esto es infinitamente más importante que cualquier daño que nos haya podido causar. Aun cuando las personas hayan pecado contra nosotros, su mayor culpa radica en que pecaron contra Dios. Consolemos, pues, a Dios. En este sentido, Dios sólo será consolado si los pecadores se reconcilian con Él. Por eso oramos por ellos en esta petición y los perdonamos, facilitando así esa reconciliación.

g. Disponibilidad para perdonar: condición del amor

Comprendemos ahora que la condición ligada a esa petición, es decir, la de perdonar a los que nos ofenden, no es una condición arbitraria y contractual. Más bien apunta a la actitud fundamental del corazón, que debemos mostrar a Dios con ayuda de Su gracia, a fin de poder ser capaces de alcanzar el perdón. ¿Por qué? Porque el pecado sólo puede ser perdonado si la gracia santificante es derramada en nuestra alma, gracia que llega únicamente con el amor a través del Espíritu Santo. Así pues, si el alma quiere alcanzar el perdón, debe estar también dispuesta a amar de manera sobrenatural al prójimo.

Unidos como familia de Dios, y como miembros del cuerpo de Cristo, hemos de esperar que todos los hombres sean salvados. No perdonar al prójimo significaría desear que permanezca en estado de pecado. Y esto sería igual a desear su condenación. Naturalmente, Dios no tendría entrada en semejante corazón. La condición de esa petición, entonces, constituye la mínima medida que de amor fraterno nos exige el amor divino: debemos desear la salvación de nuestro prójimo, y desearla tanto, que lo perdonemos con agrado y de corazón. Dios está dispuesto a perdonar nuestra deuda de 10.000 denarios; ¿cómo, entonces, no mostrar misericordia hacia nuestros consiervos y perdonarles los 100 talentos que nos deben? (cfr. Mt 18,24-33).

h. Depresión y perdón

Es importante, en la práctica pastoral, distinguir entre el acto de la voluntad, mediante el cual perdonamos a quienes nos ofenden, y los amargos sentimientos que aún puedan estar alojados en nuestro ánimo. Sin la gracia de Dios somos incapaces de manifestar un tal amor que perdona. Pero incluso la gracia no quita el dolor moral causado por las injusticias y las injurias frecuentes y repetidas. Al momento de querer perdonar, puede perfectamente suceder que aún sintamos accesos de incontrolada amargura, desprecio, rencor, tristeza, perfidia, ira y hasta odio. De hecho, no es posible experimentar ningún sentimiento negativo, sin antes experimentar el sentimiento de odio, pues el odio es el origen de toda inclinación negativa. Experimentar el odio como un sentimiento, no significa necesariamente que hayamos cometido el pecado de odio en nuestro corazón (voluntad). Estos sentimientos sólo serán pecaminosos si uno los aprueba y los alimenta voluntariamente.

Incluso cuando perdonamos de corazón (con la voluntad), hemos de estar siempre atentos a nuestros sentimientos. Ellos no son dóciles a la voluntad, sino que explotan por sí mismos. Pueden pasar años en que tengamos que hacer permanentes actos de perdón, antes de que sanen las heridas de nuestra alma. Algunas personas alimentan su rencor, cayendo así en un estado de pecado habitual. Otras, le presentan resistencia de una manera inapropiada al reprimir su profunda tristeza y su ira (agresión), de tal manera que terminan cayendo en depresiones graves y distanciamientos, lo que en el fondo no es otra cosa que una desesperación emocional (al contrario de una desesperación teológica). Cosas así pueden suceder también en las familias y en las comunidades, pero deberían ser superadas mediante el perdón frecuente y consciente de aquellos que han faltado contra nosotros.

De un buen sacerdote que guiaba espiritualmente a sus fieles se cuenta que cuando notaba que las personas sufrían depresiones (con excepción de los casos clínicos), les preguntaba acerca del motivo de su enojo. Tras una breve reflexión, la herida salía a la superficie. El sacerdote les ponía a seguir un "programa penitencial de cinco años", mediante el cual debían perdonar diariamente y de corazón a quienes los habían agraviado. ¿Por qué durante tanto tiempo? Porque las heridas del alma sólo pueden curarse con el tiempo. Y aseguraba, sin embargo, que muchos problemas matrimoniales experimentan una ayuda rápida mediante este ejercicio diario del perdón.

5. Los santos Ángeles al servicio del perdón

"Por un pecado grave los pecadores pierden la buena compañía de los Ángeles, volviéndose así camaradas del demonio; y sometidos a él y hechos esclavos de sus propias pasiones, trastornan el orden de la razón y ofenden a su Ángel de la Guarda, a quien tanto deben agradecer" (S. Francisco de Sales. Tratado sobre el amor, Libro II, cap. 18). Los Ángeles, sin embargo, no abandonan a los pecadores en el naufragio del pecado.

Los Ángeles son siervos de la misericordia. Se alegran por la intervención de la misericordia en las almas. Jesús nos asegura que hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión (cfr. Lc 15,7-10). San Francisco de Sales, al tratar sobre la tristeza que causan nuestros pecados a los Ángeles, escribe, además: "Qué escena tan deplorable es para los Ángeles de la paz, ver el momento en que el Espíritu Santo y Su amor se apartan de nuestra alma pecadora. Creo, en verdad, que podrían llorar y derramarían infinitas lágrimas. Deplorarían, con voces quejumbrosas, nuestra miseria" (ibid. Libro IV, cap. 2).

En las siguientes líneas vamos a tratar específicamente sobre la ayuda de los santos Ángeles, en relación con aquella petición de que nuestros pecados nos sean perdonados. Ante todo, esta ayuda consiste en conducirnos al arrepentimiento de nuestros pecados y de los del mundo entero.

a. Los Ángeles nos conducen al arrepentimiento de nuestros propios pecados

El Ángel de la Guarda intercede incansablemente por la conversión y el progreso espiritual de su protegido. Él ilumina y exhorta, a fin de conducir al pecador a un profundo conocimiento y arrepentimiento de sus pecados. Él sostiene una espada de dos filos: algunas veces es severo y nos hiere, ya sea con la mirada que nos hace ver la justicia divina y el juicio amenazador, o con el pensamiento del castigo eterno de aquellos que mueren delante de Dios sin haberse arrepentido. El Ángel de la Guarda de Santa Gemma Galgani también fue severo con ella: "El Ángel de la Guarda se mostró serio y severo; yo no podía comprender cuál era el motivo... Ahora me acuerdo de dos pecados que cometí durante el día. ¡Dios mío, qué severidad! Con frecuencia, el Ángel Guardián repetía estas palabras: "Me avergüenzo de ti" (Carta al P. Germano, 2 de septiembre de 1900).

Otras veces el Ángel Guardián nos hiere con la mirada que nos hace ver la bondad y la misericordia de Dios, y el Corazón de Jesús herido por nuestros pecados. Un día en que Santa Gemma Galgani se estaba preparando para orar, se le apareció su Ángel. Juntos adoraron a la Divina Majestad. Ella escribió después: "[Mi Ángel] me transmitió un dolor muy vivo por mis pecados. Sentí una pena tan enorme que me avergoncé de permanecer en su presencia. Intenté ocultarme y huir de la mirada de todos. Este tormento duró un cierto tiempo, luego del cual me infundió ánimos" (Carta al P. Germano, 44). Otra vez, en que fue atormentada por el temor a condenarse, su Ángel la levantó y le dijo: "¡Pero si la misericordia de Dios es infinita!" (Diario, 16 de agosto de 1900).

Muchas fueron las veces que el Ángel exhortó a Santa Gemma para que recurriera a la confesión. Junto a la oración, la penitencia y la limosna, la frecuente recepción del sacramento de la Penitencia constituye uno de los principales medios para alcanzar la indulgencia de las penas causadas por los pecados. Santo Tomás de Aquino explica: "Mediante el arrepentimiento Dios perdona la culpa del pecado y transforma la condenación eterna en una pena temporal. Sin embargo, la culpa de la pena temporal permanece. Cuando alguien muere así y sin confesarse,... va al Purgatorio, en donde la pena es muy grande, como dice San Agustín. Cuando alguien confiesa sus pecados, el sacerdote lo absuelve de esa pena en virtud del poder de atar o desatar, poder al cual está sujeto en el sacramento de la Penitencia. Así pues, cuando alguien se confiesa, le es quitada una parte de esa pena, y de igual manera cuando se confiesa por segunda vez. De hecho, puede suceder que al confesar con frecuencia el pecado, le sea perdonada toda la pena" (Santo Tomás de Aquino, Sobre el Padre Nuestro, cfr. CIC 1496).

b. Los Ángeles nos alientan a interceder por todos los pecadores

Los Ángeles también mueven a las personas a que oren y hagan sacrificios por los pecadores, tanto por los que están vivos como por aquellas almas que se encuentran en el Purgatorio. Al respecto de estas últimas, el Ángel guardián le preguntó a Santa Gemma Galgani: "¿Cuánto hace que rezaste por última vez para interceder por las almas del Purgatorio? ¡Oh, hija mía; cuán poco piensas en ellas! La madre María Teresa sufre todavía en el Purgatorio, no lo sabías?" Pero sólo había rezado por ellas en la mañana. Y el Ángel le dijo que sería muy agradable a Jesús si ofreciese todos los pequeños sufrimientos por las almas del Purgatorio. Ella le preguntó a su Ángel de la Guarda si podía ofrecer también sus padecimientos corporales -ella sufría de dolores de cabeza- por las almas del Purgatorio. El Ángel le respondió: "Sí, hija mía, cualquier sufrimiento, por pequeño que sea, les proporciona alivio" (Diario, 6 de agosto de 1900).

Las almas del Purgatorio ya no pueden sacar provecho del poder de atar y desatar del Sacramento de la Penitencia, pero sí del poder que tiene la Iglesia de conceder indulgencias, las cuales pueden ser destinadas a las almas del Purgatorio (cfr. Santo Tomás de Aquino y CIC 1479). Ya que esto es tan fácil, las almas fervientes deberían -acordes con el espíritu de aquella súplica mediante la cual pedimos el perdón de nuestras culpas- ofrecer las indulgencias por las almas del Purgatorio. Estas almas pertenecen todavía a nosotros. Pidamos a nuestro Ángel de la Guarda que nos acuerde de ello. También podemos expresar una intención general con las siguientes palabras: "Señor, quiero que las indulgencias que concede la Iglesia por cada una de mis oraciones y buenas obras sean destinadas a las almas del Purgatorio".

Finalmente, un gran deseo de los Ángeles es que completemos en nuestra vida terrena, lo que falta a las tribulaciones de Cristo (Col 1,24). Si los Ángeles nos pudiesen envidiar -dice San Francisco de Sales- sería, entonces, por el hecho de que nosotros podemos ofrecer reparación, cuando en unión con Cristo sufrimos por la salvación de las almas y por las impiedades que se cometen en contra de la Divina Majestad.

Fue en este sentido que el Ángel Guardián amonestó a Santa Gemma Galgani: "Oh, hija mía, no sabes que debes imitar en todo la vida de Jesús? Él padeció tanto por ti, y ¿no crees que deberías sufrir en todo momento por ÉL? ¿Por qué, entonces, lo entristeces, al abandonar la meditación diaria de Su Pasión? (Diario, 186). Y ella confesó: "Muchas veces, los días jueves en la noche, antes de sufrir [con el Señor en la Pasión], mi Ángel me dijo que mediante el sufrimiento podía asemejarme a Jesús, demostrarle mi amor y ganar Su amor" (Carta al P. Germano, 46). ¿Y cuál es la razón de tantos sufrimientos, para los cuales la había preparado el Ángel? El mismo Jesús le dio la respuesta: "Yo quiero que seas un sacrificio y que padezcas constantemente a fin de aplacar la ira de Mi Padre contra los pecadores y que te ofrezcas a Él como ofrenda por todos los pecadores...; no tengo nada más que ofrecerte para darte a conocer que te quiero tener sólo para Mí como Mi esposa crucificada" (Éxtasis, 68).

Todos nosotros estamos llamados a participar de alguna manera de la Cruz de Cristo, pues hemos sido llamados a ser sus discípulos y a cargar la Cruz por el perdón de los pecados. El amor a la Cruz es una señal segura del perdón y un camino recto hacia el cielo. ¡Cuánto desea nuestro Ángel de la Guarda encender ese amor en nuestros corazones! Comenzamos a abrir nuestro corazón a ese misterio del amor misericordioso cuando rezamos:

"Padre, perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden."